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Solía mirarla con dulzura

Todos estamos ligados a la dureza natural de un mundo errante donde lo más bello de lo conocido y por conocer es el amar y ser amado.

Lo había preparado todo esperando su llegada, la deseaba como la primera vez que habló con ella y no podía quitársela de la cabeza. Era perfecta.

Tomó el encendedor y lo pulsó, la débil chispa del mecanismo prendió el gas y surgió la llama casi de forma instantánea. Algo sutil pero necesario para encender la vela que comenzó a consumirse liberando ese olor característico del romanticismo cultural, inocuo y superficial pero parte del ritual.

Se acercaba a ella con sigilo como si fuese a sorprenderla de nuevo, pero eso era algo imposible, allí sentada delante de la mesa preparada con cariño y de aquella luz mágica que solo una inocua vela podía crear más allá del olor. Era imposible porque ella siempre sabía si se acercaba cuando estaba cerca, lo intuía sin necesidad de verlo u oírlo. Aun así él lo intentaba. Porque cada fracaso era una muestra de esa unión especial que los hacía a los dos ser lo que eran, enamorados.

El sol siempre se pone tras la noche, las cosas siempre son así, sutiles y casi insignificantes pero tan importantes como el respirar.

La abrazaba y ella reía, había vuelto a perder pero la tenía a ella. Se tenían con solo una mirada. “¿Alguna vez te han dicho lo maravillosa que eres, lo mágico que es conocerte y saber de ti?”… ella nunca le respondía. Él no lo necesitaba pero esta vez sí lo hizo.

“Me perteneces”.

En ese momento no hay expresiones, solo una luminosidad que viene y va por el viento que entra por el balcón, un viento que mece la llama que los ilumina y que se apaga con el primer beso.

Ella solía viajar alto allá donde el calor solo procede de las entrañas de la tierra, alto donde el cielo se funde con el océano del horizonte y donde todo podía quedar a sus pies. Allí donde su alma se sentía libre y sus palabras no le permitían expresar lo que sentía.

Él solía mirarla con dulzura comprendiendo lo que ella sentía…

…porque él lo sentía al mirarla.

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© 2018. Juan de Dios Yáñez Ávila.