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Los Ocultos

Se desconoce por qué y cómo comenzó el cosmos, tampoco se sabe a ciencia cierta si realmente comenzó, pues aquello que no tiene fin, carece de principio. Pero según en que creamos, todo comenzó en la más absoluta oscuridad.

Dios dijo, “Hágase la luz”, y la luz se hizo.
Y vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas.
Fue así, como comenzó todo.
Una, y otra vez… por siempre.

Como un pétalo flotando en un estanque se haya este objeto, flotando en el vacío, congelado en el tiempo, pero a la vez, viajando casi como un rayo de luz.
Es tan grande la distancia a recorrer, que vivimos en una cárcel sin barreras, da igual cuanto corras, cuanto vivas, jamás alcanzarás el otro extremo de la celda.
Para sopesar tal frustración podrás contemplan cuantas obras ha hecho Dios en tu camino, podrás ver miles de puestas de sol por cada mundo que existe en el universo, ver tantas obras renacentistas por tantos momentos mágicos en esos mundos, conocer misteriosas civilizaciones y con suerte amar a alguna de sus criaturas.
No obstante, por muy alentador que sea el regalo, jamás podrás olvidar que sigues estando en una cárcel, la realidad.

El objeto, como una lágrima alargada y brillante como la luz de las estrellas, decelera paulatinamente y se va transformando en una gran flor.

El vacío no se hace eco de la preciosa melodía que suena en su interior, todo es armonía, o eso parece, y una gran luz irrumpe en la escena, congelando por un momento el tiempo, como una instantánea fotográfica sin tener donde plasmarse.
El objeto se precipita, ahora lentamente hacia la estrella que está en su camino.

Una estrella mediana, brillante y con media vida por delante hasta desaparecer en nova. Parece un buen lugar para refugiarse, alejado de la vecindad galáctica, con poca influencia de la radiación cósmica y con altas probabilidades de albergar un mundo habitable.

El objeto se aproxima a lo que considera ser el Primer mundo de este sistema solar, es un gigante gaseoso, azul y atractivo, pero inhabitable. Tiempo después se mece sobre el Segundo, otro gigante gaseoso, los dos siguientes a pesar de ser afortunados en submundos no cumplen las expectativas. Por fin llega al Quinto mundo, este ya no es gaseoso, es un gran planeta rocoso, frio, con varios submundos, entre ellos uno bastante grande… pero tampoco cumple las expectativas. El Sexto es más pequeño, posee una incipiente atmósfera y grandes reservas de agua, a pesar de ser apto para la vida es descartado… ya que el Séptimo planeta es el gran buscado.
El objeto se aproxima rápidamente al Séptimo planeta, al igual que el Sexto, posee mares, lagos y ríos, pero su atmósfera está desarrollada, la vida florece por todas sus tierras emergidas y es apto para ellos.

El plan del ADN ya ha transformado el mundo, los pasos modificadores ya han terminado para dar lugar a multitud de bestias y seres que compiten en una carrera evolutiva.
En la época de transformación las primeras formas de vida oxigenan las aguas, el aire y crean la capa de protección contra las radiaciones de la estrella central, la época de expansión y evolución ya está en su apogeo, exóticas criaturas luchan por dominar el mundo hasta proclamarse una vencedora y lo suficientemente inteligente al cabo de millones de años como para llevar la semilla de la vida a otros mundos.

El objeto, completamente abierto junto al Séptimo planeta, parece una flor que se alimenta de los vientos de la estrella y compite en brillo con el submundo de este.

El submundo es una cuarta parte el tamaño del planeta, es tan perfecto, tan especial, un diminuto planeta con un enorme submundo casi esférico. Es un planeta con suerte.
El Séptimo planeta.

De la flor se desprende como gota de rocío un pequeño objeto que cae sobre el planeta. Se enciende, arde al contacto pero sigue inmutable.
Crecerá en este mundo un nuevo ser, esclavo de la “flor del Loto” que surca los cielos del Séptimo, y la vida de este ser no tendrá valor alguno, pues no posee el Don del plan de Dios, ya que ha sido creado.

Los antecesores son serviles, pero necios, incapaces de comprender, los segundos tendrán el don de la palabra, y ello los hará hábiles y productivos. Dirigidos los segundos exterminarán a los primeros, y solo queda uno, los hábiles.

Pasan los años, algunos de los hábiles se hacen conocedores de la verdad, comienzan a comprender, y ello es peligroso pero a la vez fascinante. Los creadores, van y vienen, orquestan la vida en el mundo, y ahora enseñan a sus criaturas las maravillas que conocen.

Será la época de esplendor, cuando los primeros salen de la oscuridad y ven el mundo como Dios lo ha creado. El Gozo aumenta y las relaciones se hacen carnales, contradiciendo toda ley y toda moral. El vacío puede ser bello, y a pesar de ser libres, la soledad es la peor de las condenas.

“… los hijos de Elohim se unieron con las hijas de los hombres para tener hijos con ellas… “
Surgen los héroes y los reyes, más altos y casi eternos. Dominarán y dirigirán a los hábiles en cruentas luchas por placer, corromperán el alma de estos y nacerá la ira contra los venidos.
Surge el deseo de ser libres, de luchar contra el padre. La perversión explota y la “flor del Loto se cierra”.
Ya no suena esa armoniosa canción en su interior, y por primera vez el día se hace noche en el Séptimo planeta, las aguas recorren el mundo y todo asentamiento es destruido, los héroes yacen muertos y los padres de estos entran en cólera y son abandonados.

Ahora, el objeto, el que fue la “flor del Loto”, brilla amarillo como el oro, y deja tras si lo que un día fue un mundo virgen… por siempre.

Irrumpe la luz de la estrella entre las nubes de la mayor tormenta jamás concebida, no existe rio que no haya desbordado ni costa que no se haya sumergido, no queda mina ni cantera que no se haya enterrado, ni quedan restos de cultivos ni pueblos. En el cielo vuelve a imperar un solo submundo, anhelar lo que un día vieron sus ojos claros en otras galaxias y se enamoraron de “ella”, llamándola Nanna.

Comienza a sí la Era del Hombre.

Pasan los años, los hábiles quedan atormentados, la noche es oscura, la “flor del Loto” que iluminaba las tinieblas ya no está, sus casas ya no están, sus conocidos han desaparecido y todo rastro de “la ciudad” ha desaparecido.
Recuerdan lo que un día fue sus vidas y crean asentamientos, buscan el alimento que ya no está y crían los domesticados seres que un día vinieron del cielo.

Para tormento de algunos abandonados, padres de héroes, descubren que no han perecido, y tampoco su creación, fuertes y diseminados por todo el planeta es imposible exterminarlos a todos. Además, el amor a un nieto es como el amor a un hijo, y muchos son los hijos de los hombres de renombre.
Se decide no volver a mezclar la carne, pero se alzan como dioses en el mundo y buscan la manera de que su creación no se convierta en una futura amenaza al Éter.

Los hábiles, algunos de ellos denominados sabios e instruidos por los dioses rigen poco a poco el mundo con las reglas que les han sido otorgadas, ya son pocos los hijos de Elohim que habitan el Séptimo planeta, y muchos aquellos que se proclaman descendientes, siendo falso y desatando guerras y reticencias ante un pueblo que ha olvidado.

La rebeldía se paga con la vida y por primera vez en el Séptimo planeta la noche se hizo día, y dos ciudades fueron destruidas bajo el fuego del último arma, todos aquellos que se llamaban a sí mismos dioses, y eran solo hombres rindieron tributo y lealtad a un verdadero “dios” que no conocían y creían de leyendas de otros tiempos.

Dejó la vida el penúltimo, satisfecho por su obra, ya nada podría parar el suicidio de los hábiles, el fin de la amenaza… pero el último, antes de dejar el mundo lloró, se lamento a los ojos de una mujer que evocaba los rasgos de sus antecesoras.
Sus ojos azules pardos, su melena dorada, su piel blanca como el núcleo de las estrellas, sus ropajes cuidados y sus delicadas manos lo acariciaban.
Después de miles de años su momento había llegado, abandonaba la cárcel de la realidad, que un auténtico Dios ha creado en algún instante del infinito.
Más grande que ella, la mira, le lee el pensamiento, es tan simple, tan predecible y a la vez tan difícil de enseñar… el esfuerzo es mutuo por comprenderse, por no llorar y alarmarse.

El Último ha muerto.
Y la mujer, la que acompaña en la muerte abandona el palacio, el Último viajará solo esta vez, y la mujer, tendrá un plan que cumplir por el bien de su especie.

Los ojos grises de las estatuas observan, mudas e inamovibles sus pasos por palacio. De suelos majestuosos y columnas que se aferran al cielo, el palacio parece gritar el poder del que se ha ido… ella corre, se esconde, y lo abandona para siempre. No volverá jamás, pues su misión ya no es morir junto a él.


Me llamó mucho la atención esa leyenda en la cuál todos los dioses egipcios emergen de una Flor del Loto, y es por ello este escrito de ficción, curiosamente basada en esta idea ya se plasmo en la película de Ultimátum a la Tierra (2008), que los «dioses» viajan en naves gigantes que recuerdan a la Flor del Loto.

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© 2018. Juan de Dios Yáñez Ávila.