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Hogar con la mirada

Bien sabido por aquel que vive en la calle que siempre vive vestido, el no estarlo, por fugaz que sea, puede ser tan deseable como una caricia.

En las peores situaciones, en los momentos más difíciles siempre surge la duda, el miedo, esa chispa que nos empuja a hacer algo que solo el ser humano sabe, crear, idear… sobrevivir.

El ser humano nació libre, pero ansía vivir encerrado.

Camina en sus pensamientos como un ángel de visita en el fuego del infierno, las yemas de sus dedos rozan la afilada hierba que ha crecido hasta la cintura de su dama de seda y se adentran a lo que era su hogar. Aunque jamás vivió allí ni partió de niño.

Todo está como debe estar, a pesar de la humedad ante el descuido de ser un hogar abandonado, posee la calidez más deseada cuando no se tiene dónde ir, la calidez del deseo de descubrir algo nuevo, pero conociéndolo muy bien.

Una vez dentro la mira a los ojos esperando su reacción, buscando en el fondo de su primitiva mente si es capaz de descifrar sus pensamientos, pero es algo imposible y solo queda continuar el ritual que se espera antes de asegurarse que realmente puede ser suya.

Observa cada gesto, cada ruido, cada detalle de la estructura de la casa, de sus muebles, sus ventanas, todo parece en orden, todo parece ser como debe ser.

Desliza los dedos por la repisa dibujando una suave línea en su polvorienta superficie, observando su aprobación presionando con delicadeza las yemas, es el único elemento táctil realmente preciso que posee el cuerpo humano, su primitivo cuerpo y forma de pensar, intentando medir el tiempo que lleva deshabitado el que ahora quiere ser su hogar.

A cada centímetro que avanza se acumula más y más partículas en su dedo… es un buen lugar, ella se ve segura y tranquila de lo que hacen. Y se adentran más y más donde el aire es denso e inmóvil, donde siquiera la luz ha penetrado y el frescor del exterior no ha contaminado el arropo que solo un hogar es capaz de dar.

Están allí solos donde no vendrá nadie, sintiéndose cómodos el uno con el otro en ese lugar impropio pero suyo. Sobre el elástico terciopelo del sofá tan distinto al áspero roce del cartón ante la desnudez.

Se miran más allá de su pobreza, de su desdicha, de su desnudez vital, se miran porque se aman aún sin futuro, sin ese interés que ahoga a muchas parejas, ellos solo se tienen a ellos, y son felices.

No pedirán una moneda salvo el día que mueran para cruzar en barco el rio de la vida, para pagar al barquero que no descansa aún pasen los siglos y las creencias. Pues pedir para vivir es inhumano. Él toma por derecho lo que por derecho debería ser realmente. Y da igual donde y como sea siempre que sea con ella.

La que lo toma a sí y lo empuja cada noche porque lo ama… la que le ofrece un hogar con la mirada.

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© 2018. Juan de Dios Yáñez Ávila.