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Cuando estaba inspirado

Decía que cuando estaba inspirado tenía que hacer todo lo posible por no dormir, aunque ello le supusiese casi drogarse durante días con café y bebidas de taurina, manzana. Tenía que hacer todo lo posible por mantener aquella llama de sabiduría y creatividad vivas.

Lo intentaba.

Las palabras fluían en la pantalla con la misma velocidad que recorrían las ideas su mente, aquellos mundos corrían por su imaginación con la misma facilidad que la luz de su monitor iluminaba su rostro en la penumbra de la media noche.

Cada palabra cobraba vida, personalidad en cada personaje, sentimiento en cada momento de sus extrañas vidas descritas pero no acontecidas. Es la magia de la escritura, a la vez que es leída es pensada y a la vez que es pensada parece vivida como un recuerdo, rememorada como algún recuerdo más de nuestra fugaz existencia.

Sus dedos bailaban sobre el teclado como lo harían los del propio pianista ruso Sergei Rachmaninov en caso de haber sido escritor… era magia.

Un gran dolor lo atormentaba, no le dejaba dormir pero a la vez lo hacía sentirse libre, libre y equivocado ante sí mismo, ante lo que había sido su existencia, sus deseos y aspiraciones. Pero aquel texto era algo diferente. Era una ventana a dentro de su alma, de su sentir más íntimo.

Su inspiración residía en la defensa natural de su mente a no pensar, a no sufrir ante el recuerdo. Un recuerdo que se clavaba en su corazón como un puñal helado que se desvanecía con el calor de su moribundo corazón, aún caliente antes de morir.

Aquel puñal tenia doble filo, la única empuñadura imaginable para él carecía de lugar, pues de algún modo igual que se clavaba y lo mataba, aquello que lo empuñaba también moría con él.

Seguía escribiendo, corriendo por tierras verdes y montando en artilugios que la humanidad aún estaba por soñar y crear. Viajaba en ellos y describía como la brisa, cálida y seca, mecía aquellos campos verdes. El vehículo se deslizaba flotando sobre ellos sin apenas perturbar la perfección de tan sencilla sinfonía natural.

En su interior una mujer joven lo miraba y le decía que lo quería, pareciese que fuese su primer amor, no necesitaba hablar para ser perfecta, era solo suya, primero estaban ellos y después el mundo. Era perfecta salvo por solo vivir en su fantasía.

En el mundo real el ocaso iluminaba de un naranja rojizo el horizonte, y las luces de la ciudad se fundían con el parpadeo de las estrellas ante una impasible luna llena. Algo iba a cambiar después de aquella noche.

Lo mismo que la inspiración vino se fue… pero la historia era sensacional, mereció la pena intentarlo, recordarlo como si hubiese sido verdad, propio de su existencia. Y aunque todo había salido de su mente, de su imaginación.

De algún modo era real.

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© 2018. Juan de Dios Yáñez Ávila.